Conocer a mi gran amigo y mentor, Miguel Ángel Palacios, fue uno de los momentos más determinantes en mi desarrollo personal y profesional. Miguel Ángel es un empresario y escritor peruano con una trayectoria impresionante, acumulando décadas de experiencia en el mundo de los negocios y las letras, y tener la oportunidad de cruzarme en su camino fue una verdadera bendición que no puedo dejar de agradecer. Todo ocurrió en el año 2016, durante una feria del libro que organizó con mucho esmero y pasión mi otro gran amigo, César Salvatierra, en un evento que reunía a escritores, emprendedores y amantes de la lectura en un ambiente vibrante y lleno de energía creativa. Recuerdo haber llegado a la feria con la ilusión de descubrir nuevas obras y conectar con personas afines, pero jamás imaginé que ese día marcaría el inicio de una amistad que perdura hasta el día de hoy y que ha sido fundamental en mi crecimiento como persona y como emprendedor.
El encuentro con Miguel Ángel fue casi casual, pero desde el primer momento sentí una conexión especial. Me acerqué a su stand después de escucharlo dar una charla sobre liderazgo y emprendimiento, y quedé cautivado por su claridad, su humildad y su capacidad para transmitir enseñanzas profundas con un lenguaje sencillo y cercano. No era un orador que se escondiera detrás de tecnicismos ni de títulos pomposos; era un hombre que hablaba desde la experiencia viva, con anécdotas de sus propios aciertos y fracasos, y eso generaba una confianza inmediata. Al terminar su presentación, me animé a conversar con él, le conté quién era, qué estaba haciendo en ese momento y cuáles eran mis inquietudes como joven emprendedor. Para mi sorpresa, me escuchó con una atención genuina, me hizo preguntas que demostraban interés real y, al final, me ofreció su tarjeta y me dijo que contara con él para lo que necesitara. Ese gesto tan sencillo pero tan significativo fue el primer ladrillo de una relación que con los años se ha fortalecido y enriquecido enormemente.
A partir de ese día, Miguel Ángel se convirtió en algo más que un conocido o un contacto profesional; se transformó en un mentor generoso que siempre ha estado dispuesto a compartir su sabiduría sin esperar nada a cambio. A lo largo de los años, he recurrido a él en innumerables ocasiones para pedirle consejo sobre decisiones difíciles, para validar ideas de negocio o simplemente para escuchar su perspectiva sobre los desafíos del emprendimiento en el Perú. Siempre ha respondido con la misma calidez y generosidad que mostró aquel día en la feria del libro, ofreciéndome no solo respuestas, sino también preguntas que me han llevado a reflexionar más profundamente sobre mi propio camino. Miguel Ángel no es de los que dan soluciones mágicas; es de los que te enseñan a pescar, que te muestran las herramientas y te animan a encontrar tus propias respuestas, y eso es, precisamente, lo que hace que su mentoría sea tan valiosa y transformadora.
Pero más allá del aspecto profesional, lo que más valoro de esta relación es la auténtica amistad que hemos construido con el tiempo. Hemos compartido comidas, conversaciones largas, momentos de celebración y también de preocupación, y en cada uno de esos instantes he descubierto a un ser humano íntegro, de valores sólidos y de una coherencia admirable entre lo que dice y lo que hace. Miguel Ángel me ha enseñado que el éxito empresarial no está reñido con la honestidad, la empatía y el servicio a los demás, y que los verdaderos líderes son aquellos que levantan a otros mientras escalan. Su ejemplo ha sido un faro constante en mi vida, recordándome que el emprendimiento no es solo una carrera por el dinero o el reconocimiento, sino un viaje de aprendizaje continuo y de contribución al bienestar de la comunidad.
Agradezco profundamente a César Salvatierra por haber creado ese espacio en la feria del libro donde los lazos se tejen de manera espontánea y genuina, porque sin su iniciativa y su visión, probablemente no habría tenido la oportunidad de conocer a Miguel Ángel Palacios en ese momento tan oportuno de mi vida. Hoy, con los años transcurridos, puedo decir sin exagerar que esa amistad ha sido uno de los pilares más importantes en mi desarrollo, y cada conversación, cada consejo y cada enseñanza de Miguel Ángel siguen resonando en mis decisiones y en mi manera de liderar. Es un recordatorio constante de que el éxito no se construye en solitario, sino rodeándose de personas que te inspiran, te retan y te acompañan en el camino, y por eso, tenerlo como amigo y mentor es un tesoro que atesoro con todo el corazón.

